Del corazón a la persona: claves para abordar los nuevos desafíos cardiovasculares
¿Puede la cardiología seguir salvando más vidas si no aborda el envejecimiento, la multimorbilidad y las desigualdades sociales?
No, la atención cardiovascular solo logrará sus objetivos si evoluciona hacia modelos centrados en el paciente y no únicamente en la enfermedad. El envejecimiento poblacional, la multimorbilidad y las desigualdades sociales se han convertido en determinantes clave de la carga cardiovascular. Identificarlos y abordarlos de forma integrada permite mejorar resultados clínicos, optimizar recursos y ofrecer una atención más personalizada y efectiva.
Los cardiólogos se enfrentan cada vez menos a pacientes con una única enfermedad y cada vez más a personas mayores, frágiles, con múltiples patologías y condicionadas por factores sociales que influyen tanto en su riesgo cardiovascular como en su adherencia terapéutica. El reto actual no es solo tratar mejor la enfermedad cardiovascular, sino comprender mejor a la persona que la padece. (2, 3, 5, 7)
*Voz generada con IA
Del infarto al paciente complejo: los nuevos desafíos de la salud cardiovascular
Cada World Heart Day (Día Mundial del Corazón) nos recuerda una realidad incontestable: las enfermedades cardiovasculares (ECV) continúan siendo la principal causa de muerte en el mundo. Sin embargo, el perfil del paciente cardiovascular ha cambiado de forma radical durante las últimas décadas. Ya no hablamos únicamente de controlar la hipertensión, reducir el colesterol o tratar un síndrome coronario agudo. Hoy la práctica clínica se desarrolla en un escenario marcado por tres grandes fuerzas: el envejecimiento de la población, la multimorbilidad y las desigualdades sociales en salud. (5, 6)
Estas tendencias están transformando la cardiología de manera profunda. Para los profesionales sanitarios, comprenderlas no solo ayuda a interpretar mejor la evolución epidemiológica de las ECV, sino también a encontrar soluciones concretas a problemas cotidianos: pacientes con escasa adherencia, ingresos repetidos, polifarmacia, fragilidad o resultados clínicos inferiores a los esperados pese a seguir las guías de práctica clínica. (2, 3, 7)

El envejecimiento: cuando el éxito de la medicina genera nuevos retos
La mejora de los sistemas sanitarios y de la prevención cardiovascular ha permitido aumentar significativamente la esperanza de vida. Paradójicamente, este logro ha dado lugar a un nuevo desafío: un número creciente de personas alcanza edades avanzadas acumulando factores de riesgo y enfermedades crónicas. (2, 5)
En Europa, las enfermedades cardiovasculares siguen concentrando gran parte de la carga sanitaria en adultos mayores. La edad es uno de los principales determinantes del riesgo cardiovascular y se acompaña de procesos biológicos que afectan directamente al sistema cardiovascular, como la rigidez arterial, la inflamación crónica de bajo grado, la disfunción endotelial y la pérdida de reserva funcional.
Para el cardiólogo, esto implica enfrentarse cada vez más a pacientes de 80 o incluso 90 años que presentan insuficiencia cardiaca, fibrilación auricular o enfermedad coronaria que coexisten con fragilidad, deterioro cognitivo o dependencia funcional. (2,11)
Un ejemplo frecuente en la práctica clínica
Pensemos en una paciente de 87 años con fibrilación auricular, hipertensión, insuficiencia renal moderada y antecedentes de caídas. Las guías recomiendan anticoagulación para reducir el riesgo de ictus. Sin embargo, la decisión clínica ya no puede basarse únicamente en el cálculo de riesgo tromboembólico.
Este tipo de pacientes exige una medicina más individualizada y multidimensional que la contemplada originalmente en muchos ensayos clínicos. (1, 2)
La solución: incorporar la valoración geriátrica a la cardiología
Diversos documentos de consenso europeos proponen integrar la evaluación de fragilidad, funcionalidad, estado nutricional y capacidad cognitiva dentro de la valoración cardiovascular rutinaria de los pacientes mayores. Esta aproximación permite identificar vulnerabilidades ocultas y adaptar mejor las estrategias terapéuticas.
La cardiología moderna ya no debe preguntarse únicamente qué tratamiento es eficaz, sino también para quién es apropiado. (2)
La multimorbilidad: el fin del paciente “de libro”
Mientras que las guías clínicas suelen centrarse en enfermedades concretas, la realidad asistencial es muy distinta. Cada vez es más frecuente atender pacientes con insuficiencia cardiaca, diabetes, enfermedad renal crónica, hipertensión, obesidad y enfermedad pulmonar coexistiendo simultáneamente.
La multimorbilidad, (presencia de dos o más enfermedades crónicas en una misma persona), afecta aproximadamente a la mitad de los adultos mayores de 60 años.
El problema para los profesionales sanitarios es evidente: las recomendaciones diseñadas para una enfermedad aislada pueden entrar en conflicto cuando se aplican a pacientes con múltiples patologías. (7, 8, 9, 10)
Polifarmacia: uno de los principales retos
Un paciente con insuficiencia cardiaca puede recibir inhibidores del sistema renina-angiotensina, betabloqueantes, antagonistas de los receptores mineralocorticoides, inhibidores SGLT2, diuréticos, estatinas y anticoagulantes, además de tratamientos correspondientes a otras enfermedades.
La consecuencia es una polifarmacia creciente que incrementa el riesgo de interacciones, efectos adversos y falta de adherencia. (1, 7, 10)

Cuando las guías no reflejan la realidad
Uno de los aspectos más preocupantes es que los pacientes con multimorbilidad suelen estar infrarrepresentados en los ensayos clínicos aleatorizados. Un análisis publicado en The Lancet destacó que los estudios cardiovasculares excluyen con frecuencia a personas con múltiples enfermedades concomitantes, limitando la aplicabilidad de algunos resultados a la práctica real.
Por ello, muchos cardiólogos se encuentran manejando situaciones complejas para las que la evidencia disponible resulta incompleta. (7, 8)
La solución: atención centrada en objetivos
La evidencia emergente propone abandonar el enfoque basado exclusivamente en enfermedades individuales y avanzar hacia modelos centrados en objetivos terapéuticos globales.
En algunos pacientes, el objetivo prioritario será reducir hospitalizaciones. En otros, preservar la autonomía funcional, minimizar efectos adversos o mejorar la calidad de vida.
Este cambio de paradigma requiere una colaboración mucho más estrecha entre cardiología, medicina interna, nefrología, geriatría, enfermería especializada y atención primaria. (2, 8, 10)
Las desigualdades sociales: el factor de riesgo cardiovascular más infravalorado
Durante décadas, la cardiología ha centrado gran parte de sus esfuerzos en factores de riesgo clásicos como hipertensión, tabaquismo, diabetes o hipercolesterolemia. Sin embargo, actualmente existe una creciente evidencia de que las condiciones sociales pueden influir tanto o más en la salud cardiovascular que algunos factores biológicos.
Los determinantes sociales de la salud incluyen aspectos como:
- Nivel educativo.
- Situación económica.
- Empleo.
- Entorno residencial.
- Acceso a atención sanitaria.
- Redes de apoyo social.
- Calidad ambiental.
Estos factores condicionan la aparición de enfermedad cardiovascular, el acceso al diagnóstico, la adherencia terapéutica y la supervivencia posterior. (3, 4, 5)
El código postal también predice riesgo cardiovascular
Diversos estudios han demostrado que las personas con menor nivel socioeconómico presentan una mayor prevalencia de multimorbilidad, peor control de factores de riesgo y mayor mortalidad cardiovascular.
Un dato especialmente relevante es que la privación social (con factores como el trastorno mental, la pobreza, la escasa educación o el bajo nivel socioeconómico) aparece de forma consistente como uno de los principales impulsores de la multimorbilidad, solo por detrás del propio envejecimiento. (3, 4, 7, 9)
La solución: incorporar los determinantes sociales a la evaluación clínica
Cada vez más organizaciones internacionales insisten en que los factores sociales deben formar parte de la valoración integral del riesgo cardiovascular.
Preguntas relativamente sencillas sobre acceso a medicación, situación económica, apoyo familiar o barreras de transporte pueden revelar riesgos importantes que no aparecen en ninguna analítica.
La atención cardiovascular del futuro deberá combinar precisión biomédica con sensibilidad social. (3, 4, 5)
Cambio de hora anual. ¿Molestia sin importancia o factor evitable a considerar?
Como cada año a principios de otoño comienza el llamado “horario de invierno”. La noche del 31 de octubre al domingo 1 de noviembre de 2026 a las 2:00 a.m., los relojes se atrasan a la 1:00 a.m., ganando una hora respecto al “horario de verano”.
Desde la Primera Guerra Mundial de forma discontinua, y ya ininterrumpidamente desde los años 70 (como respuesta a la Crisis del Petróleo), esta medida supuestamente destinada a optimizar el gasto energético se viene aplicando en Europa, a pesar de las estadísticas que indican que el ahorro que se genera es marginal.
Además de las dudas sobre el interés económico de seguir aplicando esta medida, cada vez son más las voces de profesionales de la salud que se alzan para denunciar el perjuicio que este cambio horario bianual causa especialmente en personas que ya tienen previamente problemas cardiovasculares.

Un mensaje para el World Heart Day: ampliar el foco de la cardiología
La cardiología ha logrado avances extraordinarios en las últimas décadas. La mortalidad por muchas enfermedades cardiovasculares ha disminuido gracias a la prevención, la farmacoterapia y las intervenciones cada vez más eficaces.
No obstante, los desafíos actuales exigen ampliar el foco.
Con motivo del World Heart Day, quizás la pregunta más relevante para los profesionales sanitarios no sea cómo tratar una enfermedad cardiovascular concreta, sino cómo ofrecer una atención cardiovascular capaz de responder a toda la complejidad de las personas que la padecen.





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